JARDÍN ABANDONADO EN UN HOYO

 

Hay un oscuro hoyo detrás de mi casa. Un enorme hueco que permanece templado, cantando tenues melodías.

Algunas noches me escabullo de monótonos rituales para subir las escaleras y abrir el candado de una pesada puerta que me impide llegar a la terraza. Obtener las llaves es el trabajo más complicado. Una vez ahí, percibo el sombrío e insondable cielo que ampara a los trasnochados y las enormes viviendas centinelas. Frías ventiscas rozan mi piel, meciéndome como una cuna de escarcha y plata. No obstante, lo más atrayente para contemplar es el descuidado jardín del vecino trasero, colmado de altos yuyos, macetas, ladrillos enmohecidos, y que alberga una pequeña guarida blancuzca y destrozada.

En medio de una sepulcral madrugada, leves susurros brotan del umbrío agujero y enuncian mi nombre, despertándome de tormentosas ensoñaciones. Me llaman, queriendo llevarme a plácidos reinos de cobrizos follajes, carentes de cadenas o coronas espinosas.

Glaciales mantos purpúreos cubren y deforman  sonrisas punzantes que me destierran desde viscerales profundidades, sentencias que recorren el rasgado pecho, siluetas que se alejan lentamente. Una voraz ausencia inunda todos los recovecos de la somnolienta urbe, ahogando luces enjauladas en cristales, cántaros que anidan en Jacarandás.

Las paredes de caliza, que convergen con los techos y las cifradas placas de bronce, se difuminan en la danza de brillantes acuarelas que acarician las mejillas, que riegan los labios con un leve resabio de vinagre y sal.

Los primeros fulgores de la alborada acaban encontrándome en una orilla, vacilando, enterrando una fatigada mirada en ese abandonado terreno que respira y tararea. He perpetuado una condena. Un extraño cuerpo dormita bajo pastizales y estatuas, cubiertas por hiedras y Lobelias sedientas.

Los días, con sus voces y rostros ambiguos, transcurren en la distancia, y mis diástoles tan solo anhelan páramos inexistentes, opacos lagos donde hundirse quedamente. El cántaro de las cigarras sosiega los resuellos, y el bramido de remotas súplicas estremece la frágil aureola del horizonte. Pétalos de Cicuta abrazan la carne. En el fondo de la gélida piedra cincelada yacen sombras y hálitos retorciéndose.

Sucumbe una silueta apenas iluminada, perdiéndose entre brumosas arquitecturas, entre pedruscos y verdes fisuras. Lego huérfanos surcos a la tierra, una nimia presencia a los pretéritos paisajes. El hierro del verdugo es el último pecado que se aferra a mis tendones.

El celeste éter se ennegrece con el transcurso del gentío, de los nubarrones, de monótonos rituales. Bajo los perlinos destellos de la luna, que suspira fríos vendavales, grises pupilas contemplan mis arbustos, mis ladrillos enmohecidos, mi modesta morada de mármol.

 

 

 

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RASTROS

Un abismo cabe en mi endeble pecho

que quimeras y carnazas devora.

Entre hoscos trazos se oculta la aurora,

la amarga memoria, el gélido lecho.

 

Mustios susurros rondan al acecho;

brotan de algún bosquejo que atesora

sus ademanes, su rostro, y su otrora

fragancia de jazmines. Un desecho

 

amuleto enuncia la ávida ausencia

que me queda. Del sepulcral silencio

de mis jardines florecen elegías.

 

La distancia se torna su presencia;

entre el polvo y los astros la evidencio,

aguardando en las sublimes naderías.

SENDEROS EXTRAVIADOS

Extraviadas en intrincadas urbes invernales,

Envueltas en noches azules y abrumadas,

Mis erráticas huellas trazaron latentes

Senderos, bifurcaron veredas agrietadas.

Deambulé hueco, huyendo de entes

Súbitos, indiferentes. No quedaron hogares

Durante tantas tempestades y alboradas.

De mis párpados diáfanas pócimas surgieron,

Diluvios que ahogaron patéticas nostalgias,

Difusos reflejos y diálogos de ensueño;

Pozos donde tan solo Thánatos me abrazaba.